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jueves, agosto 16, 2012

Grupo Madera: Aquella mañana del 15 de agosto callaron los tambores



Por: Igor García / Ciudad CCS

Era 15 de agosto de 1980. Aquel grupo que nació en San Agustín del Sur, formado por jóvenes soñadores y voluntariosos, transmitían sus valores a los hermanos originarios, quienes estaban amenazados por grupos seudoreligiosos de Nuevas Tribus, que trataban de robarles sus costumbres ancestrales para inyectarles otras. Muchos aseguran que tenían intenciones de apoderarse de las riquezas mineras que estaban en sus tierras.
Un ministerio que se denominaba de la juventud y el Consejo Nacional de la Cultura (Conac), los habían invitado a difundir la música afrovenezolana en aquellos parajes lejanos. No los movía la idea de ganar dinero, porque no cobraban; tampoco la notoriedad, porque en esos lugares no había medios de comunicación con poder para hacerle saber al mundo sobre su existencia.
Los movía el rescate de los valores culturales de los pueblos negros de Barlovento y del mundo. En eso tenían más de tres años y ya estabán calando en los gustos de la gente, especialmente en pueblos como San José de Río Chico, Curiepe, Farriar, Bobure y muchos otros.
El 23 de Enero los tenía como suyos, al igual que El Guarataro, Sarría y El Valle .
“Para todo el pueblo es mi cantar”
Juan Ramón Castro había albergado una idea que, entre toques y guatacas, se fue consolidando como un panal de abejas; de a poco, pero con la dulzura y el amor que le imprimió toda la comunidad y el tesón y la voluntad colocada por los músicos y los bailarines, reunidos cada viernes en la tarima improvisada para cantarle a los suyos.
Jesús “Chu” Quintero, Faride Mijares, Felipe Rengifo (Mandingo), Ricardo Quintero, Héctor Romero, Alfredo Sanoja, Carlos Daniel Palacios, Luis Orta, Lesvy Hernández, Miriam Orta, Alejandrina, Nilda, Tibisay y Nelly Ramos, José Rivero, Mirna Istúriz, Marcela Hernández y Cecilia Becerrit, todos adquirieron el nombre de Madera, que se le ocurriera a Juan Ramón Castro y Alejandrina Ramos apellidara con la coletilla de Grupo Folclórico y Experimental.
Desde sus inicios se plantearon investigar a fondo el origen de la música que interpretarían, la razón de los instrumentos a utilizar, las danzas a escenificar y las letras que llevarían sus canciones.
Se presentaron por primera vez el 18 de noviembre de 1977 en la Casa Monagas, ataviados con ropas compradas por cuotas, con gran sacrificio, y desde ese momento las puertas parecieron abrirse para el éxito. Tanto fue el reconocimiento del público que Carlos Azpúrua y Jacobo Penso decidieron filmar el documental La Salsa del Barrio, el cual terminó llamándose El Afinque de Marín, cuya audiencia rebasó las expectativas.
MÁS ALLÁ DEL LLANTO
El roncar incesante del imponente Orinoco los recibió aquella mañana. Una embarcación de río usada por la Fundación del Niño, del tipo falka, con una compuerta en la proa y otra en la popa, para tener acceso a cada una de las riberas. Los demás ruidos estaban apagados, incluso el motor de la lancha había enmudecido al confundirse con el torrente. Algunos comían atún y galletas de soda antes de embarcarse, mientras otros manifestaban su despreocupación con los chistes a flor de labios. Levaron anclas. Bajaron de nuevo la compuerta y abrieron el paso a los rezagados. Ahora sí, el motor rugía con más fuerza y la barcaza se movía corriente adentro. Buscaban las orillas de la Isla Ratón, donde se presentarían horas más tarde.
Carlos Daniel vio como el agua amenazaba con mojar los instrumentos. Se inundaba el fondo. La compuerta de proa estaba entreabierta y entraba el río. Eso le avisaron al capitán del barco, pero éste dijo que era normal. Luego pidieron que ayudaran a colocar los tambores a buen resguardo. De repente, vieron el barco irse a pique.
En ese momento bajó la bruma al barrio Marín. En los corazones de muchos sonó la campana del presagio. Hubo un grito que se propagó por todas las casas, sacando de las habitaciones el tun-tun de las tamboras y el repicar de timbales acumulados de tantas noches de ensayo.
Mientras, sobre el torrente, varios maquiritares, viendo el peligro, se lanzaron al agua en sus canoas para salvar a sus hermanos. Cincuenta y un pasajeros cayeron al caudal del Orinoco. Todos trataron de luchar moviéndose para alcanzar la vida. Algunos nadaron, otros se acogieron a los brazos salvadores de los nativos y a sus canoas. Entre Samariapa y Venados había sucumbido un gran sueño para 18 venezolanos. Entre ellos, once del grupo Madera. Marcela Hernández, Carlos Daniel Palacios y Felipe Rengifo pudieron contar la historia.
En toda San Agustín, la noticia fue una bomba destructiva. El son se apagó por un momento y una pancarta ondeó al lado de una bandera negra: “Nuestro dolor es tan grande que va más allá del llanto”, se podía leer en la misma.
Lo demás se diluyó en la burocracia del momento. No hubo salvavidas porque estaban guardados en un compartimiento, bajo llave; no hubo justicia, porque no hubo responsables.

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