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martes, febrero 28, 2012

Yulimar Reyes en la Memoria

Por: Raquel Pereira

Quienes conocimos a Yulimar Reyes sentimos que la sola mención de su nombre expresa todo el horror y el desgarro que nos dejó la semana que comenzó el 27 de febrero de 1989. Pero transcurridos 23 años de lo que se conoce como el “Caracazo”, quizás hoy a muchos jóvenes les resulte difícil comprender la brutalidad, el dolor y la ruptura que implicó ese episodio de nuestra historia reciente.

Ese mes de febrero de 1989, en una pequeña sala de la Escuela de Letras de la UCV, presidida por una imagen de W.Shakespeare, el profesor Luis Navarrete Orta impartía la asignatura “Sociedad y Pensamiento en América Latina”. Siempre nos quedaríamos cortos si intentáramos describir la brillantez y el interés que volcaba el profesor Navarrete en su enseñanza de los grandes pensadores latinoamericanos. En aquellos días relataba su intervención en un reciente encuentro de intelectuales venezolanos con Fidel Castro, quien se encontraba en Caracas como uno de los numerosos jefes de Estado, invitados a la “faraónica” toma de posesión de Carlos Andrés Pérez. El profesor Navarrete había formulado a Castro una pregunta fundamentada en el pensamiento de los autores que leíamos en clase. Y a modo de broma, Castro le respondió que si así de complicadas eran las preguntas que hacía a sus alumnos. Y allí estaba Yulimar Reyes, menuda e inquieta, con sus ojos curiosos muy abiertos, contagiada, como todos los presentes, del entusiasmo del profesor mientras relataba el encuentro con el líder cubano.

Justo en esos inmediatos días que siguieron a la toma de posesión de Pérez, el profesor Navarrete invitó a la clase al sociólogo y también profesor, Franklin González, para que nos explicara en qué consistían aquellas medidas económicas que el “nuevo” gobierno anunciaba día tras día. Escuchábamos con asombro todo lo que González describía, y surgió la pregunta obvia acerca de cómo reaccionaría la gente, qué sucedería (por entonces poco se utilizaba la palabra “pueblo”). González no encontró respuesta a la pregunta y dijo con escepticismo que seguramente todos aquellos numerosos aumentos de precios y costos, serían aceptados. En ese momento, un profesor Navarrete que había seguido la exposición en silencio, intervino para dar respuesta a la pregunta, y dijo que la gente saldría a la calle a manifestarse, las protestas aumentarían y se vislumbraba un escenario de conflictos.

Pero no alcanzábamos a imaginar que el brutal asesinato de Yulimar Reyes sería uno –algunos dicen que el primero-de los cientos o miles de asesinatos que se cometieron en los terribles días que vendrían. No podíamos sospechar que aquel lunes 27 de febrero del año 89, conoceríamos la crueldad bestial que se ocultaba tras la aplicación de esas “medidas económicas”. Aparte de trabajar y estudiar Letras, Yulimar era integrante de un grupo que hacía trabajo barrial en Nueva Tacagua. La frescura y las ilusiones intactas de Yulimar, tan llena de vida y alegre, desaparecieron junto al mundo que conocíamos hasta entonces. Su muerte marcó el inicio de una semana en la que después de tantos asesinatos en tan poco tiempo, no volveríamos a ser los mismos.

El peso de la noticia, transmitida casi de forma clandestina, nos cayó encima en medio de la vorágine: las llamadas telefónicas breves, impregnadas de temor, escuchando a lo lejos el sonido de los disparos que venían de un punto y de otro, los tanques por la Intercomunal de El Valle, los blindados entrando por las estrechas calles de La Vega, los allanamientos masivos, los detenidos, los torturados, los asesinados, el temblor cuando se acercaba y durante el toque de queda. Y todo a media voz, todo acelerada y furtivamente.

En medio del caos el gobierno fue directamente a detener o matar a líderes y miembros del movimiento popular. Para aquel régimen dispuesto a aplicar a cualquier costo las medidas del FMI, y a preservar un rígido sistema de desigualdades, hacer un periódico local o una actividad cultural con niños en Nueva Tacagua, podía ser subversivo. En esa época, la organización y asociación se perseguía o se prohibía, empleando la fuerza contra sus promotores. Eso no significa que la organización no existiera. La posibilidad en el presente de organizarse para participar en lo colectivo con un enfoque político y reivindicativo, es el resultado de años de lucha y militancia en el trabajo organizativo en los barrios. Años en los que muchos como Yulimar Reyes, se enfrentaron al aparato represivo y de persecución que lo prohibía, convirtiéndose en sus víctimas.

Esta posibilidad de asociarse para intervenir en lo colectivo es una conquista del movimiento popular. Eso no equivale a decir que la organización y la participación misma en los barrios, surgen o nacen con el liderazgo de Chávez, tal y como lo afirman hoy voceros del gobierno al tiempo que reproducen la ideología clasista que postula la marginalidad espacial, cultural y política de los sectores populares. Muy por el contrario, es el liderazgo de Chávez el que emerge del aprendizaje colectivo, alcanzado en una larga historia de luchas que han sido perseguidas, destruidas, silenciadas o invisibilizadas.

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