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jueves, mayo 13, 2010

Grecia, entre el miedo y la esperanza

Por: Ilias Ziogas (EuropaZapatista)

El 4 de octubre del 2009, después de cinco años de un gobierno casi catastrófico por parte del partido de la derecha, Nueva Democracia, los “socialistas” del PASOK regresaron al poder. Había sido una campaña electoral tensa, centrada en el estado preocupante de la economía griega, y los posibles caminos para enfrentar sus problemas. Giorgos Papandreou, el líder del PASOK, se oponía con fuerza a las medidas de austeridad que proponía la derecha. “Hay dinero”, insistía. Se comprometió a unas políticas económicas keynesianas, con una redistribución de la riqueza mediante un sistema de impuestos más progresivo y protegiendo el poder adquisitivo de las clases bajas y medias. “No vamos a aumentar el IVA… nos comprometemos a unos aumentos de los salarios públicos al menos iguales a la inflación”, estaba declarando con certeza. Casi el 44% de los votantes confió en sus palabras, dando al PASOK un triunfo electoral casi histórico.
En los meses siguientes, el cambio político se sentía como aire fresco, y la popularidad del nuevo primer ministro estaba por el cielo. Pero, ya en enero, la presión por parte de los mercados financieros y la UE para que el gobierno griego adoptara medidas restrictivas, había alcanzado unos niveles insoportables. Papandreou se enfrentó a un dilema crucial. Por un lado, seguir con sus compromisos electorales significaría una confrontación con mecanismos ultra-poderosos. Por otro lado, abandonarlos significaría traicionar la voluntad democrática popular. El primer ministro no tardó en elegir el segundo, y el 2 de febrero anunció que los salarios en el sector público se congelarían. Desde entonces, los anuncios de medidas “urgentes y especiales” han seguido como avalancha. El 3 de marzo, la congelación de los salarios públicos se convirtió en una reducción de 10% en promedio, y se añadieron aumentos importantes del IVA y de los impuestos indirectos (en la gasolina, el tabaco, las bebidas alcohólicas etc.). El 23 de abril se anunció que Grecia no podía más pedir prestamos a los mercados financieros, y iba a recurrir al mecanismo de “rescate”, ya preparado por la UE y el FMI.
Finalmente, el 2 de Mayo el pueblo griego se enteró de los detalles horrorosos del plan de ajuste que acompaña el “rescate”. Las reducciones en los salarios públicos más que se duplican y se extienden al conjunto de las pensiones. Se duplican también los aumentos en el IVA y los impuestos indirectos. Las medidas se extienden al sector laboral privado, entre ellos se ha aumentado el número de los despidos permitidos, del 2 al 4%, la desregulación de las leyes laborales, y la reducción del salario mínimo para la gente joven y desempleada, a los 595 euros. Además, se reforma el sistema de pensiones, aumentando los limites promedios de edad para jubilarse, y reduciendo las pensiones en sí mismas. El gobierno habla de un plan de ajuste de larga duración (al menos hasta el 2014), con medidas adicionales “no especificadas” en los años que vienen, pero todos saben que entre ellas se incluye la privatización de las ultimas empresas bajo control público.
No es una exageración decir que viviendo en Grecia los últimos meses se sienten los efectos de la “Doctrina de Choque”. Cada ola de medidas se anuncian como un golpe a los ciudadanos. Las metáforas medicas en el discurso oficial se abundan. Se habla de un país “enfermo” y de “medicamentos necesarios” que provocarán mucho “dolor y sufrimiento”. Hay que aceptar que la enfermedad se sitúa dentro nosotros, es decir la supuesta tendencia del pueblo griego entero al despilfarro y la corrupción. Un ex-ministro argumentó que el país “necesita nada menos que un electro-choque”. Así que las medidas no se discuten, sino se anuncian como decretos, y se votan como ultra-urgentes en el Parlamento antes de que la sociedad pueda responder. En este contexto, no es una casualidad que en último periodo el psique de la sociedad griega haya mostrado signos de desorientación, ansiedad, miedo profundo y renuncia.
Pero para entender el “problema griego” hay que añadir otro elemento: la rabia social. En la primera huelga general, el 24 de febrero, cuando la gran mayoría de la gente todavía soportaba el gobierno bajo un “consenso de miedo”, unos 25.000 manifestantes tomaron las calles de Atenas – muchos mas de lo que se esperaba, gritando que “no vamos a pagar su crisis”. Progresivamente, las centrales de trabajadores, controlados por sindicalistas del PASOK, se vieron obligados, por la presión de sus bases, a realizar convocatorias cada vez mas frecuentes y rápidas. El 5 de marzo, día en el que se votaba en el Parlamento la segunda ola de medidas, más de 10.000 de manifestantes trataron de romper las líneas de la policía e impedir la votación. El 11 de marzo, a pesar de que las medidas habían sido votadas, más de 50.000 manifestantes expresaron su rabia en las calles de Atenas, y decenas de miles más en otras ciudades del país, en la segunda huelga general del año. Además, se iban multiplicando las manifestaciones de la izquierda, y las huelgas de los sindicatos sectoriales y de base.
Así que la sociedad griega estaba ya bastante movilizada para enfrentar incluso un enemigo tan mítico como el FMI. Días antes del anuncio de los detalles del plan de ajuste, los sindicatos ya habían fijado la próxima huelga general, para el 5 de mayo. La central de los trabajadores en el sector público expandió la huelga por el día anterior y los trabajadores en los municipios declararon una huelga de duración indefinida, empezando el 3 de mayo. El gobierno empezó a mostrar signos de confusión en su discurso, tratando al mismo tiempo de demonizar por un lado rabia social y por otro lado de incluirla. En este contexto, la manifestación del primero de mayo ha sido la más grande y dinámica desde hace muchísimos años.
La preocupación, expresada por los medios de comunicación, que una revuelta social era inminente se materializó el miércoles, 5 de mayo. El centro de Atenas se hundió por un enorme multitud de manifestantes. Se habla de 200.000 participantes, pero nadie podía calcular con certeza. Un río humano se extendió por unos tres kilómetros antes de empezar a marchar. Y cuando lo hizo, el centro del ciudad se explotó por la rabia y la solidaridad social. Empleados públicos y trabajadores del sector privado, jóvenes y jubilados, activistas y gente que salía por primera vez a las calles, el pueblo gritando “Desobediencia, huelga general indefinida!”.
Marchando hacia la Plaza de la Constitución, donde se ubica el Parlamento, la fuerte presencia de los antidisturbios por las calles, en vez de aterrorizar, enfurecía a la gente. Muchos les gritaron insultos, otros les escupían, algunos les llamaron a unirse con el pueblo. En ocasiones, grupos mixtos de cada edad y convicción política les atacaron con botellas de agua y piedras. El gas lacrimógeno con el que ellos respondían, servía sólo para calentar a la multitud y prepararla sobre lo que todos sabían que les esperaba en la Plaza. Es decir, un escenario de guerra.
Empezando con un intento pacífico de miles de gente desorganizada de entrar al Parlamento gritando “Ladrones!”, oleadas de manifestantes intentaron durante al menos tres horas tomarlo por asalto. Cada uno contribuyó en lo que podía. Los bloques organizados ofrecieron un sentido de disciplina y refugio, los jóvenes su pasión y la habilidad de tirar bombardeos de piedras a la policía sin cansarse, los anarquistas más “expertos” su experiencia en cómo y cuándo usar sus cócteles molotov. Las fuerzas policiales a veces tuvieron que retroceder hasta las entradas del Parlamento, frente a los ataques de los manifestantes. Mantenían el edificio sólo usando enormes cantidades de bombas lacrimógenas, tirándolas directamente a la gente. Algunas de esas bombas se explotaban en medio de llamas, hiriendo a decenas de manifestantes. Pero el pueblo no se iba.
Fue la noticia de los tres trabajadores bancarios muertos que finalmente salvó el estado de las cosas. Un ataque con cócteles molotov en un banco, había provocado un incendio en el edificio. Dos mujeres, una de ellas embarazada, y un hombre, todos treintañeros, no pudieron escapar, y murieron de asfixia. La noticia circuló entre los manifestantes como un velo de dolor, y poco a poco la situación en las calles se calmó. El gobierno y los partidos de derecha tomaron la oportunidad para lanzar un contraataque mediático, pidiendo la restauración del orden. La policía invadió el barrio de Exarjia, entrando violentamente en cafés, centros sociales y okupas, golpeando y deteniendo a decenas de personas de forma indiscreta.
Pero esos esfuerzos no lograron sucumbir al pueblo. Los partidos parlamentarios de izquierda negaron con firmeza a sumarse al discurso dominante de “orden y tranquilidad”, alineándose claramente con la revuelta en las calles. Los colegas de los muertos y el sindicato de los trabajadores bancarios denunciaron al propietario del banco como “responsable moral” de las muertes. Los trabajadores habían sido amenazados que si participaban en la huelga, iban a perder su puesto de trabajo. En el momento del ataque estaban cerrados con llave dentro del banco. No había sistema de protección contra incendios, ni salida de emergencia. Además, en un acto sin precedente, varios grupos anarquistas denunciaron con rabia el incendio del banco, hablando de un acto criminal e incluso provocador.
¿Y ahora qué? El plan de ajuste ha sido votado el 6 de mayo, en un Parlamento rodeado por miles de manifestantes que gritaban “Que se queme el burdel!”. Los diputados lograron volver a sus casas, sólo después de una operación masiva y brutal de la policía para dispersar a la gente. Tres diputados del gobierno no votaron en favor del plan de ajuste, y se han sido expulsados del grupo parlamentario de PASOK. Pero no se trata de un plan de ajuste, ni sólo de Grecia en sí misma. En este pequeño país, se experimentan las posibles salidas de la crisis capitalista actual europea e incluso global, y el pueblo griego ya ha provocado una ruptura importante al escenario del “turbo-neoliberalismo”. No dejará de atacarlo, pero no puede derribarlo solo. Ojala que el fuego de la rabia y la fuerza de la solidaridad se contagie a toda Europa.

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