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sábado, abril 03, 2010

Historia de un poema

Por: Pedro Pablo Pereira

Amigo Perales,
mis más solidarios saludos de amor, revolución y paz.
                                    Pedro Pablo

Escribí este poema en esas noches de soledad en la semi oscura celda del monasterio carmelita a la luz de una moribunda vela, cuando casi todos los monjes en sus celdas dormían o rezaban descansando de su ocio. Fue el primer poema que escribí, no recuerdo haber escrito algo parecido. En nuestro monasterio los monjes, a pesar de estar casi encerrados día y noche tras las cuatro paredes del monasterio, vivíamos a nuestras anchas, en una comodidad tremenda, olvidados del mundo exterior porque los monjes y los curas corrientes, viven de espaldas al pobre y contrarios a lo que dice el tal evangelio. Porque los evangelios no es otra cosa que dichos y hechos de las comunidades judías y de otros pueblos. Yo formaba parte de ese grupo cómodo de parásitos, de puercos de engorde, de demonios vagos. Pero dentro de mí llevaba la rebeldía, la rabia contra la injusticia y, además, ya Fidel me había hecho comunista a través de sus discursos que yo oía por radio Habana. Vivía un infierno porque, por un lado predicaba la hipocresía y por la otra mi comunismo rebelde; estas dos realidades se enfrentaban sin tregua alguna en una terrible guerra. ! Qué hacer! me preguntaba.

Una o dos veces a la semana tocaba la pesada puerta del monasterio de los santos monjes un mendigo, enfermo, harapiento, demente, no hablaba, a veces dejaba entrever una leve sonrisa casi escondida en la abundante barba: un verdadero santo, totalmente diferente a los demonios que hacíamos vida regalada adentro. Ante el estruendo de los golpes un venerable monje salía, con un pote de comida revuelta, sobras de diferentes platos, abría una pequeña ventanilla estiraba la mano y se la daba al mendigo. El se retiraba, algunas veces se sentaba un poco más allá y comía, sin decir nada, sin rechazar o protestar.

Uno de esos días salí yo al llamado de los toques, era él, busqué el pote y le llevé la comida. Me miró con cierta compasión, era el encuentro entre un pordiosero y un monje que hacía gala de su hábito, su santidad, de su cristianismo. Al regresar, sentí un cosquilleo, algo me hurgaba la conciencia, ese pordiosero estaba sembrado allí en mi mente cuestionándome, señalándome. Yo, un campesino, hijo de un campesino pobre´, cuyo padre tenía que sudar la gota gorda para con el arado o la escardilla para alimentar a un grupo de hijos, yo, digo, allí vestido de monje, rezando falsamente como todos, engordando con buenas comidas como todos los curas del mundo, en un palacete disfrazado de santidad.

En la tarde ya en la mesa el miserable estaba allí frente a frente conmigo. No lograba sacarlo de mi mente. Yo estaba rodeado de los reverendos monjes, yo estaba sentado junto al Prior (director) porque yo era el director de disciplina y de vocaciones, era de la cúpula. Un comedor sencillo pero cómodo, amplio, con varias mesas donde se sentaban los estudiantes (unos diez) mirando hacia la parte central donde estaba la mesa de los superiores. En esa mesa, nos sentábamos los monjes ya "consagrados a Dios", unos seis.
Alimentos de todo tipo, como había españoles, pues se servía a menudo riquezas marinas. Se hablaba de todo entre risas y lleneras, como los cesares, como los puercos; por lo menos un puerco no engaña ni sabe lo que hace.

En la noche el mísero pordiosero seguía allí en mi celda me decidí sacarlo, agarré lápiz y papel (no había computadoras, todavía, no estaban en el mercado) y escribí el poema, mi primer poema sin saber si era poema o qué vaina. 

A los pocos días lo puse en la cartelera y lo publiqué en un mini periódico que los buenos monjes sacábamos para repartirlo a los "fieles" que venían a misa los domingos, entonces se abría una parte del monasterio para que los míseros entraran, pero la parte de clausura era exclusiva de los santos. Fui reprendido por el consejo de superiores, pero dos curas españoles se unieron a mí y salieron en mi defensa. Desde entonces me declaré crítico y fustigante de la región y mi escondido ateísmo empezó a crecer hasta madurar.

EL AMIGO INOPORTUNO

Pedro Pablo Pereira M.  

Ayer viniste, tocaste a mi puerta y no pude atenderte;
estaba ocupado.
El trabajo, tú sabes, el trabajo no le deja tiempo a uno. 
Anteayer habías venido y yo estaba en la capilla,
no podía dejar el rezo para atenderte. 
Pero ¿cómo se te ocurre venir en horas de mi rezo?
¿Como puedes molestar cuando estoy contemplando a Dios? 
Crees tú que puedo romper la norma, 
quebrantar el reglamento, salirme de la ley? 
¿Qué quieres?
¿Que falte al precepto, que descuide la religión para atenderte a ti?
Hoy, al mediodía viniste otra vez y no pude recibirte porque estaba con los “míos”. 
Como comprenderás, yo no podía llevarte a la mesa porque rompía la intimidad;
ellos y yo nos íbamos a sentir incómodos y molestos.
¿Por qué vienes en horas inoportunas e insistes demasiado? 
Venga otro día, cuando yo tenga tiempo y pueda dedicarte unos segundos;
quizá me sobre algo para darte.

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