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martes, enero 12, 2010

Deja de mirar fijo a la zanahoria


Por: María Luisa Etchart (Argenpress)

Por si no te has dado cuenta aún, con posterioridad a las década s del 60 y del 70, en que gran parte de la juventud en varios países comenzó a rebelarse contra el sistema imperante, con sus consecuentes desapariciones, muertes y persecución a sus ideales, el modelo capitalista acumulativo se puso como meta evitar que esto pudiera volver a producirse.

Para esto, fue creando un modelo que se encargaría de evitar que las generaciones que estaban en marcha ya y las que les siguieran tuvieran posibilidad alguna de convertirse en molestias para los “amos del mundo”.. Seguramente no fue un trabajo fácil pero, como ya habrán comprobado, el dinero todo lo puede comprar (menos la dignidad) y basándose en el conocimiento de la psicología humana primaria, comenzaron a aparecer zanahorias por todos lados, de distintos tamaños y aspectos (para el paladar de la dama y del caballero) , al tiempo que se desvanecía cualquier discusión que pudiera interumpir el modelo orwelliano que comenzó a expandirse.

Duele pensar que existieron tantos seres en lo que se conoce como “historia” que con sólo su mente y su coraje hicieron aportes notables para dar libertad al hombre, para ayudar a que la especie humana se auto-reconociera como lo que es: la especie más evolucionada y con mayor capacidad de expresión y de investigación de las que habitan esto que llamamos “Tierra”, que, vista desde la distancia suficiente, es sólo un puntito azul en un universo cuyos límites, si los tuviera, desconocemos.

Sin embargo, no hemos logrado aceptar nuestra finitud, nuestra pequeñez, y seguimos aceptando ser manipulados por seres evidentemente más rapaces, sedientos de poder, que pretenden, lamentablemente con éxito, dirigir nuestros pensamientos, nuestras vidas, entorpecer nuestro desarrollo introspectivo, permitirnos perder nuestros miedos para encarar lo que podría ser la elevación de la especie hacia formas más compasivas, más llenas de amor, más generosas, más proclives a “amarse los unos a los otros”, más anuentes a llevar vidas mucho más sencillas y gozosas de tanta maravilla natural, sin estar siempre especulando en cómo acumular, cómo ganar, cómo sentirnos seguros, cómo apoderarnos de tajadas más suculentas, cómo imponer nuestras estrechas miras, cómo crear autoridad sobre otros, con las consecuencias que no hace falta demasiado inteligencia para vislumbrar.

No hay una fecha exacta conocida sobre la aparición del hombre sobre este planeta, ignoramos cómo vivían realmente nuestros antepasados, pero sin embargo distintas civilizaciones, a veces simultáneas aunque no se conocieran entre sí, desarrollaron formas de dominio, explotación y temor, aduciendo “saber” cómo y por qué estamos aquí. No existe gran diferencia entre estas civilizaciones en cuanto a métodos: siempre bastó que alguno se erigiera en “autoridad”, se rodeara de seguidores dispuestos a matar en su nombre a los “infieles” (a cambio por supuesto de prebendas), se respaldara en “sacerdotes” que aseguraran tener el conocimiento directo de algún “Dios” con características totalmente humanas, castigador, vengativo, selectivo, que inexplicablemente necesitaba sentirse adorado, obedecido y lógicamente temido para dedicarse a repartir bendiciones sobre los que así lo hicieran.

Resulta incomprensible, luego de tanta investigación por parte de miles de silenciosos científicos que nos han ayudado a comprender nuestra pequeñez, nuestra soledad, nuestra imposibilidad de comprender el Gran Plan, si lo hubiere,. Ni qué hablar de pensadores, filósofos, escritores, músicos, pintores, cuyos nombres no quiero enumerar porque seguramente me olvidaría de demasiados, pero que a través de sus escritos, de los sonidos o imágenes que lograron crear, intentaron sin duda transmitir sus atisbos de la grandeza a que todos podríamos tener acceso si sólo nos libraramos del miedo y del absurdo de querer acumular (¿adónde pensamos transportar todo eso?)

El prejuicio, enraizado en nuestra vida, que todo lo tiñe de falacia, que nos maniata, que nos hace perder la espontaneidad tan necesaria para poder decir que “realmente vivimos” ha cobrado millones de vidas a través de los años y sólo cambia de forma pero no de fondo. Uno de los últimos y que más gracia me hace, es la de que es necesario borrar las “líneas de expresión” del rostro, rellenarlo de una toxina que impida que la cara muestre huellas de las emociones, alegrías y temores que su portador ha sentido a través de su vida, y considerar que eso es “estético”. Desde la pantalla del televisor nos miran ahora caras impersonales, idénticamente estúpidas, faltas de contenido, demasiado parecidas entre sí, con ojos también tratados para que se vean grandes y relucientes, incapaces de transmitir cualquier cosa que se parezca a un sentimiento. Me atrevo a sospechar que hasta el Papa ha caído en esa práctica, o, de lo contrario, jamás sintió nada en su vida.

Cómo se reiría Oscar Wilde de que se ha hecho realidad su inolvidable “Retrato de Dorian Gray”.

Y también están allí los rituales, repetidos hasta el hartazgo año tras año, carentes de contenido, transmitidos a los pequeños como “valores”. Que alguien me explique la relación entre un Jesús de Nazareth desgreñado, azotando a los mercaderes del templo, predicando sobre “los lirios del campo”, oponiéndose tanto al Imperio como a la acomodaticia posición de los sacerdotes y ese Santa Claus comerciante astuto, esos árbolitos patéticos llenos de luces de colores, que luego de ser cultivados, son cortados y arrojados a la basura tras los vacíos festejos de comidas y regalitos. Seguramente, sería hora de dejar de adorar una cruz, que fue nada más que el sistema usado por los romanos para librarse de personas no gratas y que hoy en día sería el equivalente de una silla eléctrica, o una horca, o una inyección letal, a ser aplicada a alguien en Guantánamo. ¿Hasta cuándo seguiremos comiendo pescado un viernes de cada año como si con eso borráramos las atrocidades que cometemos contra los animales durante los otros 364 días? En Israel en otra fecha seguirán golpeándose el pecho en el Muro de los Lamentos mientras planean cómo eliminar a los molestos palestinos que se niegan a admitir que ellos son el “único pueblo elegido por Jehová” y pretenden seguir adorando a Alá y su profeta, Mahoma.

Basta ya, por favor. Basta de escuchar atemorizados las últimas novedades de Wall Street, basta ya de temblar por las inversiones para tener una vejez abundante, mientras millones de habitantes de Africa, continente que fue arrasado por la codicia europea y utilizada por laboratorios criminales para probar medicamentos y vacunas, tratan de huir en barcazas hacia algún lugar donde no perecer de hambre y sed y son rechazados con violencia, con la consigna: “Prohibido devolvernos la visita que les hicimos antes”.

Algunos hechos que podrían realmente cambiar nuestras vidas y la de los pobres inocentes que vienen atrás serían:

Dejar de destruir los recursos naturales, dejar de producir chatarra plástica, dejar de contaminar el aire con ridículos vehículos que para transportar a un insignificante pigmeo humano debe emplear una masa mortífera de miles de kg. de peso y alimentada a petróleo cuya extracción está vaciando el interior de la tierra y que seguramente estará influyendo en su peso total, con consecuencias aún no previstas.

Retornar a las semillas naturales, que aseguraron el abastecimiento durante siglos, no a Monsanto.

Basta de comunicarse con los mal llamados “mensajes de texto”, cada vez más carentes de contenido y peor escritos. Caminar más y mirar a las personas a los ojos cuando se habla con ellas.

Volver a rescatar el placer de jugar, sin que deba ser algo competitivo. No resisto mas oír a los “comentaristas deportivos y jugadores” repetir hasta la saciedad que “hay que ganar”, por qué lo hicieron, por qué no pudieron, qué hacer al respecto para el proximo partido, cuántos millones de dólares vale cada bípedo capaz de patear una pelota, etc., etc. Aprendamos de cualquier mamífero y sus crías, que juegan con ellos y entre sí por el simple placer de hacerlo y como una forma de aprender a conocerse y fijar sus propios límites.

Negarse a ver tantas películas llenas de violencia, soberbia, falsos valores, mentiras y volver a leer a quienes tuvieron algo importante que decir.

Tratar de buscar el equilibrio interno y físico con ayuda de lo natural, volver a contemplar la naturaleza como si recién la descubriéramos, sentir la maravilla del árbol, eminentemente libre en la expresión que cada uno de ellos elige para crecer y brindar su belleza, protestar por los envases descartables con que se está llenando el planeta y que ya parecen ridículos a la hora de comparar su fortaleza, sus kilométricos textos impresos con su minúsculo contenido, lleno de preservantes y productos químicos .

Y ahora que , al famoso Año Nuevo (que alguien me explique cómo se sabe que la tierra comenzó a girar alrededor del sol en el equivalente de un 1ª de enero de un calendario también inventado que jamás hace hincapié en la continuidad inmutable del tiempo, ¿ en un pequeño lapso le seguilrán las famosas “Pascuas”, no volver a caer en los estúpidos rituales carntes de contenido.

Exigir a los países que fabrican armas que dejen de hacerlo. Seguramente es un “buen negocio”, como lo es incitar a los pleitos entre zonas vecinas para que crean que las necesitan para dirimir sus pleitos.

Dejar de ser idiotas útiles en las luchas del narcotráfico, mientras el país que más las consume y que es el destinatario final de ese vil comercio no asume que ese tráfico existe y persiste porque ellos las demandan para poder seguir viviendo sin tener que asumir su patética realidad.

Basta de mentiras. solo la verdad nos hara libres. y la verdad esta dentro de nuestros propios corazones.

Sí, somos mortales y nada sabemos del por qué pero al menos tratemos de vivir en dignidad, armonia y compasion. los reyes no existen como especie natural, tampoco los que se dicen interpretes de escrituras escritas por hombres como usted y como yo.

No sigamos aumentando el dolor y la injusticia con nuestras acciones. hay un niño, un perro, una abeja que necesitan de nuestro respeto y amor.

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