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sábado, mayo 16, 2009

Ernesto Guevara en su paso por los Andes Venezolanos. Notas de Viaje



Por: Ernesto "Che" Guevara (Julio de 1952)

Después de las habituales preguntas innecesarias, del manoseo y estrujamiento del pasaporte y de las miradas inquisitorias hechas con la suspicacia estándar de la policía, el oficial nos puso un sello inmenso con la fecha de salida, 14 de julio, e iniciamos el paso a pie del puente que une y separa las dos naciones. Un soldado venezolano, con la misma displicente insolencia que sus colegas colombianos – rasgo, al parecer, común a toda la estirpe militar -, nos revisó el equipaje y creyó oportuno someternos a un interrogatorio por su cuenta, como para demostrar que estábamos hablando con una “autoridad”. En el puesto de San Antonio de Táchira nos detuvieron un buen rato, pero sólo para cumplir un trámite administrativo y seguimos viaje en la camioneta que nos llevaría a la ciudad de San Cristóbal. En la mitad del recorrido está el puesto de aduanas que nos sometió a un prolija revisión de todo el equipaje y nuestras personas. El famoso cuchillo que tantos líos provocara volvió a ser el leit motiv de una larga discusión que nosotros condujimos con maestría de experimentados en la lides con personas de tan alto nivel cultural como es un cabo de policía. El revólver se salvó porque iba dentro del bolsillo de mi saco de cuero, en un bulto cuya roña impresionó a los aduaneros. El cuchillo fatigosamente recuperado, era motivo de nuevas preocupaciones porque esas aduanas se repetían a lo largo del camino hacia Caracas y no teníamos seguridad de encontrar siempre cerebros permeables a las razones elementales que dábamos. El camino que une los dos pueblo fronterizos está perfectamente pavimentado, sobre todo en la parte venezolana, y recuerda mucho a la zona de las sierras de Córdoba. En general, pareciera que en este país hay mayor prosperidad que en Colombia. 

Al llegar a San Cristóbal se entablo una lucha entre los dueños de la compañía de transportes y nosotros, que queríamos viajar en la forma más económica posible. Por primera vez en el viaje triunfó la tesis de ellos sobre la ventaja de viajar en dos días en camioneta, en vez de hacerlo en tres, en ómnibus; nosotros, apurados por la necesidad de resolver sobre nuestro futuro y de tratar convenientemente mi asma, resolvimos aflojar los veinte bolívares más, sacrificándolos en aras de Caracas. Hicimos tiempo hasta la noche visitando los alrededores y leyendo algo sobre el país en la biblioteca, bastante buena que hay allí. 

A las once de la noche salimos al norte, dejando tras nuestro todo rastro de asfalto. En un asiento donde tres personas estarían apretadas nos colocaron a cuatro de modo que no había ni que soñar en dormir; además una pinchadura nos hizo perder una hora y el asma seguía molestándome. Paulatinamente subimos hacia la cumbre y la vegetación se hacía más rala, pero en los valles se veían los mismos tipos de cultivo que viéramos en Colombia. Los caminos en mal estado de conservación producían pinchaduras a granel; varias se nos produjeron en el segundo día de viaje. La policía tiene colocados controles que revisan totalmente las camionetas, de modo que nos las hubiéramos visto negras de no contar con la tarjeta de recomendación que portaba una pasajera; el conductor le atribuía todos los bultos a ella y asunto arreglado. Ya los precios de las comidas se habían hecho mucho más caros y de un bolívar por cabeza había ascendido a tres y medio. Resolvimos ahorrar lo más posible, de modo que teníamos que ayunar en la parada que se produjo en la Punta del Águila, pero el conductor se apiadó de nuestra indigencia y nos dio una buena comida por cuenta de él. Punta del Águila es la parte más alta de los andes venezolanos y alcanza 4108 metros sobre el nivel del mar. Me tomé los últimos dos tedrales que me quedaban con los que pude pasar la noche bastante bien. En la madrugada, el chofer paró para dormir una hora porque llevaba dos días seguido de manejar ininterrumpidamente. Pensábamos llegar a la noche a caracas pero nuevamente las pinchaduras nos retrasaron, además fallaba el inducido de modo que la batería no cargaba y hubo que parar a arreglar. Ya el clima se había trocado en uno tropical con mosquitos agresivos y bananas por todos lados. 

El último tramo que yo hice entre sueños, con un buen ataque de asma, está perfectamente asfaltado y parece ser bastante bonito (era de noche en ese momento). Clareaba cuando llegábamos al punto terminal de nuestro viaje. Yo estaba derrotado, me tiré en una cama que alquilamos por $0,50 y dormí como tigre ayudado por una buena inyección de adrenalina que me colocó Alberto.  

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