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lunes, enero 12, 2009

Entrevista a Alfonso Cano, líder de las FARC


Por: Jorge Melgarejo

Que lejos quedaron aquellos días en que Guillermo León Saenz Vargas, un estudiante aventajado, causaba una cierta admiración entre sus compañeros por el gran interés que ponía en historia, su asignatura preferida, por entonces, en el colegio Fray Cristóbal de Torres de Bogotá. Sus padres de clase media alta hicieron todo lo posible por proporcionarle los medios para alcanzar un nivel de estudio acorde con la época y él con el tiempo llegó a ser un antropólogo, pasando algunos años en prisión por su militancia y actividades políticas, fundamentalmente en el Partido Comunista de Colombia, hasta que llegó el momento, muy meditado, según él, de tomar la decisión de entrar en la selva e integrarse en las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Desde entonces pasaron 30 años. 

Convertido ya en Alfonso Cano, su nombre de guerra, seguramente jamás pensó que el 25 de mayo de 2008 pasaría oficialmente a ser el hombre que ocupara el espacio dejado en las FARC tras la muerte de una de las personas que mas admiraba, Manuel Marulanda. Una cosa no ha cambiado, su eterno aspecto de intelectual de los años 60. 

Ahora mucha gente en Colombia espera de él, como líder, que dé pasos trascendentales para que se logre la pacificación de un país y de un pueblo que merece vivir en paz.


Históricamente, en qué se parecen las FARC actuales a las de la época de sus comienzos.

Los objetivos de justicia social, soberanía nacional y democracia avanzada en marcha al socialismo que levantamos desde el primer día se mantienen vigorosamente vigentes como producto de las estrategias del régimen político que incrementaron la violencia, ahondaron las diferencias sociales y mantienen arrodillada la dignidad nacional ante los gobiernos de los Estados Unidos. Hace 44 años nacimos resistiendo a la operación militar denominada Plan LASO (Latin American Security Operation) que concebida, diseñada, instrumentada, financiada y dirigida desde Washington se desató como respuesta oficial a los justos reclamos del campesinado de Marquetalia, en el sur del departamento del Tolima, que exigía freno a la violencia paramilitar, tolerancia política, respeto a la propiedad campesina y mejoras en las condiciones de vida. 
Corrían los tiempos de la guerra fría y la paranoia gringa en esta parte del mundo catapultaba las concepciones de la seguridad nacional en todos nuestros países al tiempo que avanzaban victoriosos los movimientos de liberación nacional, la revolución cubana y la resistencia del pueblo de Vietnam. 

El entorno ha cambiado pero la esencia de la crisis colombiana, no: el régimen ha incrementado su estrategia de terror anti popular y paramilitar; la frontera agrícola del país se amplió pero aumentaron el despojo y la concentración de tierras y creció dramáticamente el desplazamiento campesino, todo lo cual significa más tierra fértil, en menos manos, y mayores cinturones de miseria en las ciudades; la corrupción administrativa campea en el aparato estatal llegando a límites inconcebibles dado el inmenso poder corrosivo del narcotráfico. 
Hoy, como ayer, la injerencia de Washington en nuestros asuntos internos llegó a tal punto que el billonario plan Colombia, promocionado como un nuevo plan Marshall de reconstrucción, con énfasis absoluto en lo social, fue tan solo una indignante y ominosa licencia para que tropas y oficiales norteamericanos dirigieran y encabezaran la guerra total contra nuestro pueblo en el propio territorio nacional. 

Con todo esto le quiero significar que a pesar de los importantes cambios mundiales que han tenido lugar en los últimos tiempos, en Colombia, el nudo gordiano creado por la violencia, la corrupción, las injusticias y la dependencia, no se ha desatado. Esa tarea continúa pendiente.

La época actual requiere grandes cambios. Cuáles son las alternativas políticas y viables que ofrecen las FARC a la sociedad colombiana.

En el camino por alcanzar nuestro sueño de igualdad social como consecuencia de profundos cambios, transformaciones, grandes desarrollos y participación popular masiva y muy activa, hemos propuesto una plataforma bolivariana para un nuevo gobierno, con objetivos que posibiliten la reconciliación de la familia colombiana y la reconstrucción del tejido social sobre nuevas bases:

— Una fuerza pública fundamentada en los principios bolivarianos de nunca utilizar sus armas contra el pueblo.

— Participación democrática a nivel nacional, regional y municipal en las decisiones estratégicas que afecten a cada nivel.

— Parlamento unicameral.

— Independencia en la elección de los organismos de control institucional así como en la integración de las altas cortes.

— Los sectores estratégicos de la producción deben ser propiedad del Estado. El énfasis económico se hará en la producción y en la autosuficiencia alimentaría.

— Quienes más riquezas posean mayores impuestos pagarán. El 50 por ciento del presupuesto nacional se destinara a lo social y el 10 por ciento a la investigación científica.

— Tierras productivas para el campesinado con grandes incentivos y ayudas.

— Estrategias para mantener el equilibrio ecológico.

— Relaciones internacionales bajo el principio de la no intervención de fuerzas extranjeras.

— Legalización de la producción y comercialización de la droga con estrategias de sustitución de cultivos.

— Respeto a los derechos de las etnias y las minorías. La prioridad de esta plataforma son los acuerdos de paz.

¿No cree que las revoluciones armadas han tenido su momento y que ahora quizás se deba buscar nuevas fórmulas de lucha?

Como revolucionarios y luchadores de la causa popular estamos obligados a buscar las vías menos dolorosas para alcanzar el poder. Pues la historia enseña que en las guerras los más afectados son los sectores populares, siendo Colombia muestra palmaria. Por ello hemos insistido una y otra vez en la necesidad de buscar salidas políticas, acuerdos, que posibiliten la solución incruenta de la crisis colombiana, esfuerzo que ha chocado con la ausencia de voluntad de la clase gobernante que nunca ha incluido una solución así como parte de su agenda. En nuestro país, desde las épocas del Libertador Simón Bolívar, sus enemigos, los usurpadores del poder, y sus actuales herederos, se impusieron y se sostienen con la violencia, el crimen político, la corrupción, la mentira, creando en Colombia una cultura política pugnaz, químicamente ensangrentada, desafiante, de guerra sucia permanente, rapaz, intolerante, donde los magnicidios y las masacres siempre están al orden del día. 
Cultura reforzada desde 1.948 con la doctrina de seguridad nacional que como concepción de Estado irrigó el Pentágono estadounidense en América Latina y de lo cual Colombia hoy es, para tragedia nuestra, la resaca donde subsiste la tesis del enemigo interno al que se debe aplastar. Se conoce que las condiciones de lucha a través de las cuales los pueblos buscan sus ideales y bienestar las determina el Estado. Si hay garantías primarán los amplios, difíciles pero civilizados caminos de la tolerancia; si se impone el terrorismo como práctica del Estado, se legitiman la rebelión y la insurgencia revolucionaria. Y este es el caso colombiano.

¿A que se deben los últimos acontecimientos y las enormes pérdidas que ha sufrido las FARC con la muerte de líderes tan importante como Raúl Reyes y Marulanda? ¿Eso significa que las FARC se han debilitado o que el ejército colombiano se ha fortalecido?

La confrontación armada en Colombia se ha prolongado dolorosamente en el tiempo pues son algo más de 44 años de permanente enfrentamiento. Un conflicto ‘sui generis’, con características muy particulares, en donde diariamente se producen más de cien hechos de guerra, de distintasdimensiones y características, pero todos con sus consecuencias lógicas. Es decir, vivimos una guerra con todos sus horrores como parte de la tragedia cotidiana de los colombianos. Y en una dinámica tal, los riesgos individuales son permanentes. Quienes hemos tomado la decisión de integrar las FARC somos consientes de eso. Le ponemos el pecho a la tormenta para respaldar nuestras propuestas y asertos. 
Así, hemos ofrendado la sangre de valiosos camaradas, en esta lucha por alcanzar la nueva Colombia con democracia, soberanía y justicia social. La caída de Raúl, de Iván Ríos, de Martín Caballero, de Acacio, Libardo, Chucho, Juan Carlos, Héctor, Dago, Yurley, Yurani, Camilo, Gloria, Daniela, Jorge Paisa, Walter y muchos más en los campos de batalla, es parte del precio por alcanzar la libertad, como años atrás también sucedió con Antonio José de Sucre, Antonio Ricaurte y tantos otros. La muerte de todos ellos nos afectó, por supuesto, sensiblemente, pero de inmediato otros han cubierto su lugar. Así ha sido la historia de las FARC 

Caso aparte es el fallecimiento de nuestro comandante en jefe Manuel Marulanda Vélez, quien por su condición de conductor, estratega y aglutinante de toda la guerrillerada durante 44 años, es decir, desde siempre, generó un vacío irremplazable. Solo el esfuerzo de un colectivo, como el del Secretariado del Estado Mayor Central, nos ha posibilitado mantener y desarrollar nuevas dinámicas para proseguir tras los objetivos irrenunciables que nos hemos fijado.

¿Qué haría falta para que las FARC se sentaran definitivamente a negociar la paz o, mejor dicho, bajo qué condiciones dejarían las armas?

Para que las FARC se sienten con el gobierno a buscar acuerdos que puedan conducir, en primer lugar, a un intercambio de prisioneros de guerra y generar así el medio ambiente para fases posteriores que allanen caminos hacia acuerdos de paz, se requieren plenas garantías para los delegados de la guerrilla a esos encuentros con representantes del gobierno. Garantías de modo, tiempo y lugar como lo hemos señalado reiterativamente.

¿De qué le gustaría conversar con Uribe?

Llegado el caso, sería pertinente hablar con franqueza y rigor, sobre la concepción y práctica del terrorismo del Estado en Colombia. Seguramente podríamos despejar la maraña con que se oculta la verdad de la violencia social y política a la opinión, lo que es condición ‘sine quanon’ para avanzar hacia la convivencia.

En Colombia se comenta que es mejor que pacten ahora que todavía tienen algo que ofrecer antes de que se queden solos.

Durante estos 44 años hemos recibido generosos y no solicitados consejos de distintos orígenes y diferentes grados de toxicidad, lanzados normalmente de oficinas gubernamentales de variadas coberturas. Desde los tiempos de la epopeya de Marquetalia se nos ha invitado a la inmovilidad, a la pasividad, han ofrecido prebendas a cambio de la capitulación, es decir, de la traición, se nos ha tratado de engañar en procesos de diálogos sin fin que solo pretenden afectar la moral de lucha de guerrilleros, milicianos, de militantes y amigos que influenciamos nacional e internacionalmente. 
Déjeme decirle que ya estamos vacunados contra eso. Cualquier proceso de diálogo con las FARC que busque acuerdos humanitarios, pactos de convivencia o tratados de paz será el fruto de pasos concertados y tendrá como objetivo supremo la paz democrática de Colombia, por encima de los intereses particulares de organizaciones o individuos

¿Qué tal de fuerte se hallan las FARC?

La verdad recientemente divulgada sobre más de 2000 colombianos desaparecidos en estos últimos años, reportados luego como “guerrilleros dados de baja en combate”, es un buen referente del tipo de violencia que lacera nuestro país. Muchachos desempleados de origen humilde residentes en zonas y barrios marginales de ciudades grandes y medianas son contratados para trabajar en lugares alejados del país. Llegados al sitio son asesinados, vestidos de camuflado, armados con fusil y reportados por el ejército como terroristas abatidos. De esa infame cadena de la miseria humana que da la recompensa en dinero para unos, las medallas y los ascensos para otros, y las fotos y la gloria para los de bien arriba. Así es como el Estado pretende ganarle el pulso a las FARC, mostrándolas derrotadas en combate. 

Vale recordar que luego de las frustradas conversaciones del Caguán, llevamos seis años de intensa confrontación política y militar, durante los cuales se han triplicado los efectivos de la fuerza pública oficial, los servicios de inteligencia, así como el presupuesto para la guerra, y se ha multiplicado al infinito la presencia de militares gringos que utilizando tecnología de punta se han ido posicionando a lo largo de la región amazónica (vaya a saber uno con qué otras intenciones), todo lo anterior financiado con cerca de ocho mil millones de dólares del Plan Colombia. 

Y a pesar de lo mencionado, la confrontación se mantiene y acrecienta, a lo largo y ancho de todo el país. Siendo las FARC un ejército irregular, mantenemos todos nuestros comandos conjuntos, frentes y columnas estratégicas actuando, de acuerdo a planes elaborados en los plenos del Estado Mayor Central y reforzados el año pasado en nuestra Novena Conferencia. Hemos golpeado y también sufrido golpes, así son las guerras. La violencia institucional y parainstitucional, la corrupción administrativa que genera tanta miseria, las terribles situaciones que padecen extensas zonas del país, el oprobio social de las mayorías que la propaganda oficial trata de esconder, hacen que la juventud continúe incorporándose a la lucha revolucionaria y estemos reforzando nuestros nexos con la población por todo el país, lo que es garantía de victoria. Usted puede estar seguro que las FARC gozan de cabal salud.

Si se han cometido errores últimamente, ¿a quién se puede atribuir los mismos?

Miles de estructuras farianas trabajando, combatiendo, confrontando, reuniéndose, estudiando, construyendo, desplazándose permanentemente pueden equivocarse en algún momento de la ejecución de tareas, con la particularidad que en el combate y en muchos de sus momentos preparatorios, una falla, por insignificante que parezca, normalmente puede ser fatal. La concepción de guerra de guerrillas revolucionarias integra elementos de permanente referencia como la movilidad, el secreto, la disciplina, la sorpresa, la estrecha relación con la población civil y otros que a veces descuidamos, lo que conlleva sus consecuencias. Pero en el orden táctico. En el nivel operativo y estratégico no hemos fallado. Los nuevos elementos que han surgido por las características e intensidad de la confrontación se han analizado en su momento y tomado las decisiones necesarias que eviten dificultades

¿El Secretariado está absolutamente unido en torno a Alfonso Cano?

El Secretariado, el Estado Mayor Central y toda la guerrillerada de las FARCEP nos mantenemos absolutamente unidos en torno a nuestros principios, documentos, planteamientos y lineamientos. Totalmente unificados en torno a nuestra estructura orgánica y a las instancias de dirección a todos los niveles. La historia nuestra, burilada por las enseñanzas de Manuel y Jacobo, ha sido ajena a la infinidad de especulaciones sobre su unidad, que desde siempre han tejido los servicios de inteligencia oficiales alrededor de los blandos, los duros, los radicales o los flexibles. Nuestras preocupaciones orgánicas se centran en esta etapa en cómo elevar permanentemente la calidad de nuestros combatientes, cómo ser más efectivos en el desarrollo de los planes y cómo fortalecer los equipos destinados al trabajo de masas.

Internacionalmente y en los últimos años está la espada de Damocles que pende sobre las FARC, y me refiero a relacionarles siempre con el narcotráfico, ¿qué tiene que decir respecto a eso?

Tal relación es tan solo una sindicación de la propaganda oficial para deslegitimarnos sin ningún sustento real. El narcotráfico es un cáncer que la humanidad debe exterminar. Las estadísticas evidencian una creciente tendencia en los volúmenes impresionantes de dinero que compromete ese negocio, aumento en las cantidades de toneladas anuales que se producen y se comercializan y también ampliación de las hectáreas cultivadas a pesar de la infinidad de guerras que se le han decretado. Crece la población adicta. Crece la corrupción. Aumenta la cobertura de la cultura mafiosa, del consumismo, del dinero conseguido fácilmente que se esfuma de idéntica manera. Los grandes valores morales y éticos del bien común, la solidaridad, la independencia, la dignidad y la justicia que la humanidad ha elaborado como principios rectores, son bombardeados por el pragmatismo, el culto al dólar, la egolatría y el hedonismo.

Colombia es víctima de ello. Es muy cierto que acá existe un narco estado y que la estrategia de seguridad nacional o seguridad democrática como llama ahora, se ha sostenido durante los últimos 30 años sobre la simbiosis de los dineros del narcotráfico con el poder político e importantes sectores del empresariado. Hay mucho documento ilustrativo y probatorio sobre lo cual no vale redundar.

Reclamamos sí la atención, en relación al llamado proceso de la narco para política, que demuestra el entramado y que seguramente será más evidente cuando Álvaro Uribe salga del gobierno y se desaten las esclusas que retienen sumidos en el miedo a jueces y testigos. También merecen especial atención los centenares de procesos que involucran a generales, otros altos oficiales y miembros de la fuerza pública, en episodios barruntados de dineros del narcotráfico, violación de derechos humanos y persecución política, íntimamente ligados al actual proceso de la narco para política, que proyectan una medida muy precisa del filisteísmo con que se ha manejado oficialmente la imagen de la situación colombiana.

El presidente Álvaro Uribe reclama: “Fue gracias a nosotros que todo se destapó”, cuando se sabe que las evidencias han venido creciendo sin posibilidades de elusión. También dice: “Los militares genocidas, comprometidos con el paramilitarismo con el narcotráfico y enriquecidos ilícitamente, son casos aislados”, cuando los escritorios de los fiscales, de los jueces y de la corte penal internacional se están atiborrando con pruebas y centenares de denuncias que marcan una pronunciada tendencia, lo que en las ciencias sociales configura una ley. Las FARC no somos un cuerpo glorioso protegido por una urna de cristal en medio del caos social que vive Colombia. 
Nuestras defensas están cimentadas por una ideología que rechaza de plano al narcotráfico y las adicciones que penalizamos estatutariamente. Ninguno de los mandos ni guerrilleros de las FARC tiene propiedades, ni acumulamos riqueza, ni ganamos salarios, ni manejamos dineros individualmente. Nuestros ideales van muchísimo más allá del bienestar personal porque, si de eso se tratara, hubiésemos escogido otras opciones de vida. Nuestro compromiso, sacrificio y entrega no tienen otro sentido que el mejoramiento de las condiciones de existencia de nuestro pueblo. Y esa razón, de principios, nos defiende contra el cáncer del narcotráfico.

En los diálogos del Caguán, ante decenas de representantes de la comunidad internacional, el comandante Manuel Marulanda, presentó un plan piloto integral de sustitución de cultivos ilícitos, en el municipio de Cartagena del Chairá durante cinco años. En abril del año 2000, el Estado Mayor Central de las FARC propuso, públicamente, la legalización de la droga, como única solución de fondo para liquidar el narcotráfico, propuestas que no se pueden ignorar cuando se analicen medidas de fondo y compromisos hacia su superación como cáncer de la humanidad. 
Finalmente podemos asegurar que el narcotráfico no hubiera alcanzado sus niveles actuales en Colombia, ni permeado ni corrompido tan profundamente la sociedad, sin la complicidad de las administraciones, las fuerzas de seguridad y demás estamentos que conforman el Estado. Desde su irrupción en el país en la década de los 70, el narcotráfico ha sido consustancial al funcionamiento de todos los gobiernos, la policía, los militares y a buena parte del poder judicial y del Congreso. Son verdades que se están corroborando fácticamente.

Si no estuviera en esta lucha, ¿qué le hubiera gustado estar haciendo en estos momentos?

El realismo que exige nuestra lucha nos limita para incursionar en hipótesis de ese tipo. Pero le comento que la creciente y agresiva guerra sucia del Estado nos expulsó de la ciudad a muchos obligándonos a trabajar en las montañas, en mi caso desde 1978, luego de diez años de activismo político revolucionario legal. Miles de mis amigos y compañeros de trajín en barrios, sindicatos, colegios y universidades que heroicamente mantuvieron en alto nuestro sueño de una Colombia democrática e independiente conquistada por las vías legales, fueron asesinados sistemática y alevemente en absoluto estado de indefensión por una oligarquía excluyente que pareciera no entender otro lenguaje que el de los fusiles. 
Así cayeron Manuel Cepeda, Jaime Pardo, Leonardo Posada, Alfonso Cujavante, Boris Zapata, Bernardo Jaramillo, Teófilo Forero, José Antequera, Carlos Kovaks, Gabriel Jaime Santamaría, Carlos Gónima, Pedro Nel Jiménez, Miguel Suárez, Javier Baquero, José Romaña Mena, Otilia Serna, Orlando Mesa, José Miller Chacón y miles más, gente valiosa, buena, comprometida con la causa popular. Es probable que con todos ellos estuviésemos trabajando en paz, de no mediar el terrorismo de Estado, por una Colombia más amable y personalmente, de pronto, vinculado de alguna forma a la academia.

¿Qué le ha parecido que en Venezuela se hubiera inaugurado una estatua de Marulanda?

Es el primero de miles de merecidos homenajes masivos que se tributarán a uno de los más grandes guerreros revolucionarios latinoamericano, que nos llena de gratitud a los combatientes colombianos, enaltece al hermano pueblo venezolano, a la Coordinadora Continental Bolivariana, a los habitantes del barrio 23 de Enero y a las autoridades caraqueñas, quienes por encima de la propaganda y campañas del gobierno colombiano, de sus despropósitos y mentiras, han hecho trascender el valor histórico de la figura y obra del Mariscal de la Guerra de Guerrillas que durante 60 años combatió incesantemente por los intereses populares y que condujo al colectivo que creó y consolidó un ejército rebelde, que teorizó sobre sus tácticas y cimentó su estrategia, que delineó el programa bolivariano para una nueva Colombia y que minuto a minuto, durante todo ese tiempo, luchó por un gobierno que representara el interés popular. Un hombre así, de tal dimensión, suscita la simpatía de todos los pueblos del mundo, por encima de las odiosas consejas de sus adversarios y de la pequeñez moral que evidenciaron ante la noticia de su fallecimiento

¿Por qué cree que el presidente Chávez apenas habla actualmente de las FARC? ¿Las relaciones siguen siendo las mismas?

La indignante y afrentosa cancelación de su papel como facilitador en el tema del canje y las calumniosas informaciones difundidas por el gobierno colombiano a partir del supuesto computador del comandante Raúl Reyes, privaron a nuestro país de la valiosa contribución del presidente Chávez en la búsqueda de caminos de entendimiento entre los colombianos. 
Todos estamos en deuda con él. De nuestra parte le expresamos una vez más agradecimiento perenne por su generosa disposición a construir convergencia y entendimiento entre las partes en conflicto, cuando, como en aquella ocasión, unos y otros se lo solicitamos en el entendido que la paz de Colombia es la paz de toda la región.

¿Cuántos años lleva combatiendo con las FARC y qué ha sacado en claro de todos esos años?

Son muchas las enseñanzas que la cotidianidad nos va dejando pero destaco la vigencia de nuestro planteamiento según el cual la conquista de la paz democrática será el resultado del concurso masivo y confluyente de muchas fuerzas, no de algunas en particular, sino de muchas, tanto de quienes nos hemos levantado en armas, como de todos aquellos que por las vías de masas buscan objetivos y horizontes de similar alcance y contenido; de todos aquellos que aspiramos a gozar de plena soberanía sin aislarnos del torrente del progreso mundial; de quienes anhelamos se compartan con justicia los beneficios que irrigan el progreso y la civilidad alcanzados por la humanidad, ya que en Colombia más del 60 por ciento de la población sobrevive por debajo de los niveles de la pobreza absoluta, mientras un núcleo minoritario, dueño del dinero, las empresas, las haciendas y del poder del Estado, marcadamente sanguinario en la defensa de sus privilegios, esclavista en las relaciones laborales y feudal, en las relaciones agrarias, usufructúa monopólicamente la riqueza nacional. 

Vamos a confluir sin duda todas las víctimas de esa estrategia oficial cuyo velo empieza a caer desnudando el profundo calado de la corrupción, la monstruosidad de los crímenes cometidos por el Estado que pretenden mostrar como hechos aislados cuando, también planificadamente, se asesina gente humilde para agrandar la mentira de las cifras, mostrar que se va ganando la guerra, cobrar los dineros de las recompensas y obtener licencias, lo que constituye simplemente autenticas prácticas fascistas. No son hechos aislados ni coyunturales las masacres de Fusagasugá , El Aro, El Castillo, San José de Apartadó, Guaitarilla, Mapiripán, El Naya, Filo Gringo, Segovia, Jamundí, Cajamarca, Barrancabermeja, Viotá, San Vicente de Chucurí, etc, ni el genocidio de la Unión Patriótica, ni los sistemáticos asesinatos de dirigentes populares y de oposición, ni los desplazamientos forzados con acaparamiento de tierras, hechos en que sus autores confiesan haber actuado directamente o en connivencia con el ejército, policía o fuerzas de seguridad.

La desesperada medida de sacar generales manchados con la sangre de nuestro pueblo para reemplazarlos por otros de la misma estirpe es mero maquillaje que no resuelve el problema pues la concepción doctrinaria de las fuerzas militares se sostiene en la idea que el pueblo es el “enemigo interno” a vencer. La guerra fría se acabó en todo el mundo menos aquí, en Colombia, donde subsisten las concepciones fascistas de la seguridad nacional.

Al gobierno de Uribe no le interesa solucionar tamaña monstruosidad, sólo le preocupa la afectación de su imagen internacional y los flujos de caja provenientes de Washington. Le preocupa el escándalo, no por convicción humanista, sino por el recorte de la ayuda económica que recibe de USA. Son los dólares y no los principios los resortes que mueven el centro de la atención de Uribe. Todo lo anterior está generando amplio rechazo que trataremos de hacer confluir para avanzar con certeza por las amplias alamedas de la democracia real, porque otra gran enseñanza de nuestra cotidianidad es que sin lucha no hay conquistas ni mucho menos progreso social.

Hágame un pronóstico de lo que pueda pasar en los próximos meses con respecto a las FARC.

Más que pronostico podría referenciarle algunos elementos del contexto en que lucharemos los tiempos que se avecinan: 

— Profunda crisis del sector financiero mundial, que siendo estructural, no sanará con paños de agua. 

— Esperanzadora promesa del presidente Obama de privilegiar los derechos humanos, que para el caso de Colombia, traduce una nueva visión sobre el conflicto con importantes consecuencias militares.

— Las nuevas, crecientes e irrefutables evidencias sobre la práctica sistemática del terrorismo del Estado en Colombia, así como de la amalgama narco paramilitar del uribismo y la mafia, están liquidando el embrujo. 

— Crecimiento incontenible del movimiento de masas y a la par, como se aprecia, del reforzamiento gubernamental de su estrategia fascista de criminalizar la protesta social. 

— Corrupción pública y privada dimensionada a la par que Uribe manipula su nueva reelección. 

— La meta del 7,5 por ciento de crecimiento económico para 2008 fue una ilusión que escasamente superará el 3 por ciento, porcentaje que será mucho más bajo en 2009; el desempleo aumenta paulatinamente como producto de la crisis y la inflación avanza irremediablemente, golpeando una vez más al pueblo. 

— Los precios mundiales del petróleo tienden a la baja y, en Colombia, los excelentes ingresos derivados de esa industria destinados a la guerra se reducen.

— El fin de la era del todavía presidente Bush debilita al fascismo moderno, lo que afecta significativamente al gobierno Uribe, quien, por otro lado, sufre desde ya el síndrome de la Corte Penal Internacional dada la plena vigencia de todos sus protocolos para con Colombia en 2009. 

Estos factores de profunda crisis del capitalismo, de fracaso estrepitoso del neoliberalismo económico, de las estrategias fascistas de George Bush. Y su séquito de criminales. Del paulatino desenmascaramiento de las prácticas paramilitares y terroristas del Estado colombiano, del nexo simbiótico del establecimiento con el narcotráfico, de la corrupción y el paulatino desmejoramiento de las condiciones de vida de las mayorías. Todo ello acabará por ahondar la crisis del Estado y potenciará sin ninguna duda múltiples expresiones de la lucha popular. Las FARC-EP estaremos ahí, como siempre, en primera línea, buscando la unidad más amplia por la democracia, la justicia social y la soberanía. Renacen las esperanzas en los pueblos de un mundo mejor, más allá del festinado “fin de la historia” y del capitalismo que siempre será salvaje, corrupto, posesivo y violento.

Deme un mensaje para el pueblo colombiano.

Nuestro mensaje a los colombianos es una invitación a trabajar por los acuerdos humanitarios, la unidad democrática, los cambios y la convivencia. La crisis de legitimidad que socava inexorablemente al gobierno de Uribe por cuenta del terrorismo de estado que practica, de los altos niveles de corrupción administrativa, de su política económica que favorece groseramente a los ricos y castiga inflexiblemente a los pobres, por su alevosía social contra los más necesitados y por su irreductible conducta de cipayo, crean todas las condiciones de unidad hacia la construcción de caminos civilizados que forjen los cambios y la nueva Colombia. 
Nuestro mensaje a los colombianos es también una voz de aliento a Simón Trinidad, a Iván Vargas, a Sonia y a los prisioneros de guerra de las dos partes, con el compromiso de no cejar ni un instante en la lucha por acuerdos de libertad y otros más que alejen definitivamente del conflicto a la población no combatiente, al tiempo que seguimos la brega por lograr acuerdos integrales de paz. Nuestro mensaje es una convicción reiterada: que el destino de Colombia no puede ser jamás la guerra civil.

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